OPINIÓN


23 de Septiembre del 2022

Francisca Figueroa P., investigadora de Acción Educar.

Esta semana, el Presidente Gabriel Boric en su discurso ante la ONU, señaló que uno de los factores que tienen a nuestro país inmerso en una grave crisis política y social, es el hastío que experimentan los chilenos frente a las millonarias deudas por estudiar. El mensaje del Presidente no es nuevo, sus promesas de condonación del CAE y de aumentar la gratuidad en educación superior, son parte de su discurso desde el comienzo.

Desgraciadamente el Presidente olvida que el hastío al que alude empieza mucho antes de la educación superior.

En efecto, la sensación de vulnerabilidad o de injusticia que viven miles de chilenos al endeudarse por estudiar, no sería tal si la proyección de esos estudiantes conllevara la producción de ingresos necesarios para pagar dichas deudas. Si bien parte del problema puede estar en la mala calidad de algunos establecimientos de educación superior, situación que ciertamente debe fiscalizarse, esta no es la única razón de que los estudiantes, sea porque deserten o una vez egresados, no puedan pagar sus deudas.

El inicio del problema debe buscarse también en la propia trayectoria educativa del estudiante, y en la calidad de educación recibida desde sus primeros años. Son innumerables los estudios que demuestran que el retorno en la educación preescolar es mucho mayor que en cualquier otra etapa de la vida, siendo más relevante aun en el desarrollo de los niños de mayor vulnerabilidad.

Las recientes cifras entregadas por baja asistencia en educación parvularia, así como la proyección de la matrícula más baja en este mismo nivel en la última década, debe ser el punto de quiebre para poner el acento donde realmente debe estar: la educación parvularia es la más recomendada para romper las inequidades del sistema. Esto porque si se nivela a todos los niños desde la primera infancia, estos no sólo tendrán mayores posibilidades de acceder a la educación superior, sino también de terminar sus estudios con éxito, y permitir así que se desarrollen plenamente en su vida adulta.

No obstante, el plan es ambicioso: a la obligatoriedad de kínder deben sumarse necesariamente recursos destinados a la mejora de la calidad de la educación parvularia; recursos que desde hace un buen tiempo vienen destinándose a la educación superior, insistiendo este gobierno en continuar con la misma tendencia. Por otro lado, se trata de un proyecto de largo plazo, de modo que los resultados no se verán en este mismo gobierno. Por ello urge transversalidad política a la hora de abordar las mejoras en el sistema, teniendo la convicción de que, con estas reformas, gana Chile.

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