POLÍTICA


El presidente de Amarillos por Chile aseveró que “más grave que la destrucción inmisericorde de nuestros espacios públicos, la quema del Metro y la violencia nihilista de ese 18 de octubre, fue la devastación moral e intelectual de una parte no menor de nuestra élite que guardó ominoso silencio o miró con algo de complacencia en algunos casos, e incluso de euforia, en otros, el incendio del país”.

Un duro análisis hizo el presidente de Amarillos por Chile, Cristián Warnken, sobre la conmemoración del tercer aniversario del denominado estallido social, estableciendo que “no es cierto que Chile despertó el 18 de octubre; en realidad entró en un trance hipnótico, en un sueño revolucionario que pudo terminar en pesadilla”.

En esa línea, el poeta aseveró que “más grave que la destrucción inmisericorde de nuestros espacios públicos, la quema del Metro y la violencia nihilista de ese 18 de octubre, fue la devastación moral e intelectual de una parte no menor de nuestra élite que guardó ominoso silencio o miró con algo de complacencia en algunos casos, e incluso de euforia, en otros, el incendio del país. Sí, no solo se desfondó el orden público: se desfondó también el orden intelectual, moral y espiritual”, escribió en una columna para El Mercurio titulada “¿Qué celebrar hoy?”.

El texto parte así: “’Papá, ¿qué se celebra el 18 de octubre?’”. Agradezco tu pregunta, hijo, y que conversemos de política en la mesa. Te contesto: nada que celebrar hoy. Reflexionar, sí; analizar las causas del así llamado ‘estallido’, tratar de entender cuáles fueron las capas tectónicas más profundas que subyacen a ese terremoto político y social y anímico que desestabilizó a Chile”.

“En esos días de octubre, lo reflexivo se puso entre paréntesis: predominó lo irracional, la ira, la vociferación y el rencor. La razón —como avergonzada de sí misma— se retiró y cuando la razón se retira, hijo, solo queda la fuerza”, agregó el columnista.

Asimismo, recordó que “ese día de octubre, fuerzas destructivas se desataron sobre nuestras ciudades y encontraron a intelectuales y políticos dispuestos a darles sustento teórico y justificación; las fuerzas del orden (las que deben ejercer violencia legítima del Estado para defenderse) comenzaron a ser progresivamente cuestionadas y minadas, y Chile entró en una espiral destructiva y autodestructiva de la que no estoy seguro hayamos salido todavía”.

 

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